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31 De Agosto – TOKYO

31 de Agosto – TOKYO

Impresiona entrar en Tokyo en un tren ‘bala’ y ver cómo se va acercando la ciudad a toda pastilla; piensas que en seguida llegarás al centro, pero pasan muchos minutos de enormes edificios hasta que por fin el tren se detiene en la estación principal de Tokyo.

 Cientos, qué digo cientos, miles de personas de un lado para otro en la Estación; parece un hormiguero, aunque perfectamente organizado y es que, a pesar de que no sabía muy bien qué línea tenía que coger para llegar a mi Hostel, gracias a las amables indicaciones del abundante personal de la estación conseguí llegar en seguida a mi alojamiento.

 Hostel enorme, con varias plantas, muy limpio y aseado (como todos los que he visitado en Japón) aunque en éste la gente va más a lo suyo, ya que hay desde mochileros hasta ejecutivos que estarán unos días en la ciudad. Los habitáculos de las ‘camas’ dan un poco de “yuyu” al principio, pero por dentro son cómodos, con luz y enchufe, teniendo espacio suficiente para moverte en su interior.

 Una vez ubicado, comienzo a patear la ciudad, que es lo que más me gusta en un sitio nuevo, para así poder ubicarme un poco y ver el ambiente que se respira. Paseo por la zona cercana al Hostel y me encuentro con un bar español: Tapas y cerveza española, ¡Qué ilusión! (Luego me encontraría muchos bares de este tipo y es que lo ‘español’ tiene tirón en Japón). Lo que más me ha gustado de Tokyo han sido sus pequeños restaurantes en calles estrechas donde al caer la tarde se forma un bullicio de gente que, junto con una mezcla de agradables olores salientes de sus cocinas, hace que te embriagues y entres en cualquiera de ellos a degustar cualquiera de las comidas típicas locales.

 Un edificio curioso es el de la fábrica cervecera ASAHI, que asemeja a una jarra de cerveza, con su espuma como techo y al lado una taza de café, con humo y todo. (Es curioso de ver, aunque hay que echarle imaginación al asunto, jejeje).

Mención aparte merecen los baños japoneses y es que con la cantidad de tecnología que llevan, no te puedes resistir a utilizar todos los botones, aunque alguno da un poco de reparo por los dibujitos que tiene …

Para aprovechar bien los 4 días que iba a estar en Tokyo, me levanto temprano y desayuno en el Hostel con lo que he comprado en el súper: Leche, cereales y fruta, pero sigo con fiebre y dado que todas las medicinas las tengo en la moto, que se supone que va camino de Vancouver, y aconsejado desde Córdoba por mi amigo Martín, ‘el Farma’, me dirijo a la farmacia más cercana. Digamos que aquí las farmacias no son al estilo de España, sino que son como supermercados dónde tú vas cogiendo las medicinas y luego las pagas en el cajero. Aún me estoy riendo de la situación al explicarle al reponedor qué me recomendaba para la fiebre y el dolor de cabeza. Al final escogí unas pastillas cuyo nombre se parecía algo al Ibuprofeno y que resultaron ser como aspirinas, pero bueno, el caso es que me mejoraba cuando me las tomaba.

En la Zona Centro de Tokyo visito el Parque Ueno y los Jardines Imperiales que se encuentran perfectamente  protegidos tras las majestuosas murallas centenarias, disfrutando del paseo a pesar del enorme calor que hacía, terminando la jornada con un paseo por el barrio de Ginza donde se localizan grandes almacenes y galerías de lujo.

Ya se me ha terminado el Japan Rail Pass, así que la opción más barata para moverte por Tokyo, aparte del coche de San Fernando, es un abono diario para el Metro por 1.000 Yenes, unos 9 euros, (también se pueden comprar por 2 o 3 días, saliendo más económico, pero sólo lo puedes adquirir en el aeropuerto). El metro de Tokyo es sencillo, rápido, limpio y todos los trenes llegan y salen a la hora perfectamente marcada, me llevo la sensación de que una ‘megaciudad’ puede funcionar correctamente, eso sí, todos los que viajan en el metro van o dormidos o enganchados al móvil.

Una visita obligada es el Shibuya Crossing, el paso de peatones más famoso del mundo, con permiso de The Beatles, aunque si te digo la verdad, me esperaba algo más espectacular … Continúo la jornada con una larga caminata a través del Parque Yoyogui (como el oso, je), que me recuerda al Central Park de Nueva York y sigo travesía hasta el barrio SHINJUKU, donde las tiendas de electrónica y las luces de neón son la viva imagen de lo que tengo en mente cuando pensaba en Tokyo.

Esta noche he quedado con Agustín, un Cordobés, primo de unos amigos, que lleva viviendo en Tokyo 13 años y me va a llevar a cenar al Barrio de Roppongi, que es por donde salen todos los visitantes de la ciudad que quieren diversión cuando cae la noche. Se une a la cena, Hiram, un mexicano amigo suyo que también lleva en Japón una pila de años. Nos echamos unas buenas risas durante la cena, regada con unas cuantas cervezas y después a dar una vuelta por los numerosos garitos que hay en la zona, con tan ‘mala suerte’ que perdimos el último metro para regresar a casa, así que ‘tuvimos’ que quedarnos hasta que lo abrieran de nuevo, acabando en un local latino de salsa donde enseñamos nuestras dotes de baile a todo el personal que allí se encontraba.

Las 6 de la mañana, ya es hora de irse a casa, así que nos despedimos con un fuerte abrazo y, rechazando las numerosas ofertas de ‘final feliz’, tiro para mi Hostel echando de menos no llevar las gafas de sol encima. Ese día era mi último en Tokyo, así que tenía que dejar el alojamiento a las 11, ufff, menudo día me esperaba. Dejé las maletas en el Hostel y me dispuse a dar los penúltimos pasos por la ciudad (nunca diré los últimos, je): Visita a Sunshine City, donde se dan cita los amantes del manga; paseo por Yoyogui, con avistamiento de boda tradicional japonesa; siesta en un banco del parque; e incluso intenté dar un paseo en barco por uno de los canales de la ciudad, pero no me quedaban yenes suficientes, así que paseíto hasta el Hostel y a hacer hora para ir al aeropuerto, donde pasaré la noche, ya que mi avión sale bastante temprano y no me compensa pagar una noche más de alojamiento. En fin, otra noche más sin apenas dormir, porque el trasiego en el aeropuerto no para.

Despego puntual con destino a San Francisco, aunque primero el avión hace escala en China, por lo que los pasajeros son en su mayoría de este país. Digamos que los chinos no son precisamente tranquilos, no dejan de levantarse, sacar algo del equipaje de mano, sentarse, volver a levantarse, meter algo en el equipaje de mano, y así durante las 16 horas que dura el eterno viaje.

Llegada a San Francisco donde me estaban esperando en el aeropuerto mi hermano, mi cuñada y mis sobrinas que me recibieron con un enorme y cálido abrazo que, después de tantos meses por ahí dando tumbos, realmente necesitaba.

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