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Dakar (2ª parte) – SENEGAL (11/marzo/2018)

A las 10.30 de la mañana he quedado con Fatou en la puerta del hotel. Fatou es una chica senegalesa de 24 años, estudiante de español en la Universidad de Dakar. Tenemos un amigo en común, Jloviao, de Galicia, que me sigue en mi viaje por las redes sociales y fue quien nos puso en contacto.

Lo primero que hicimos fue ir a su casa, debiendo descalzarme antes de entrar, donde me presentó a su madre y a parte de la familia que estaba por allí. Tras un café en uno de los muchos puestos callejeros que hay en las esquinas, caminamos por estrechas calles con el suelo de arena donde es normal pararse con la gente que te cruzas para saludar: “Salaam aleikoum” “Aleikoum Asalaam” “¿Sabá?” “Sabá, mercí” “E vous, sabá?” “Sabá”.

Y así llegamos hasta la playa, extensa y llena de vida, pero nadie bañándose pues me cuenta Fatou que los senegaleses tienen miedo al frío. Está llena de barcas pesqueras muy coloridas, de chavales (y no tan chavales) jugando al fútbol, de niños saltando, brincando y sonriendo. Puedes encontrar rebaños de cabras en la playa junto a surfistas o burros tirando de carros, pero también hay suciedad, mucha suciedad, desde infinitas cabezas de pescado a toneladas de plástico, parte traído por el océano y parte tirado directamente por la gente local.

Como yo no le tengo miedo al frío, decidí darme un bañito. El agua estaba espectacular, pues a pesar de que el océano estaba bravo, la temperatura del mismo era ideal para mitigar el calor que ya empezaba a notarse, y eso que es invierno aquí. Mientras estábamos sentados en la arena, llegó un hombre y tras los correspondientes saludos, comenzamos a charlar en inglés y acabó invitándonos a que pasáramos después por su casa para tomar un café.

Fatou me acompañó a hacer algunas compras de varias cosas que necesitaba e imprimir unos documentos, y mientras caminábamos, los niños me llamaban “blanco, blanco”, pero para nada de manera despectiva, sino en plan jocoso y divertido.

Para le cena, llevamos pizza a su casa. Una estampa curiosa estar allí sentado con sus padres y hermanos sin entender nada de lo que hablaban mientras veíamos por la tele lucha tradicional senegalesa. Aunque de lo que sí me enteré es de cuando todos se reían del padre porque no sabía utilizar el teléfono móvil, creo que eso es igual en todo el mundo, je.

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